miércoles, 24 de junio de 2020

¿A qué mundo volveremos?

Escribo desde el noreste del país, donde desde hace cerca de tres meses, he pasado de la oficina de una empresa en la ciudad vecina, a la mesita de un metro por cincuenta centímetros en mi casa, por el confinamiento al que nos vimos obligados un gran número de personas; lo triste es que, muchos seguimos saliendo como si la alerta de salubridad no existiera, misma situación que semanas atrás nos volvió noticia nacional. ¡Ay mi bello Rio Bravo!

Aunque aquí en el norte, las cosas son distintas comparadas con las ciudades grandes como CdMx, donde técnicamente la ciudad no duerme, y tenemos lo que se conoce como horario de sueño, al entrar al confinamiento o cuarentena, el primer fin de semana oficial, escuché desde mi habitación el sonido de la banda, y mariachi tan cerca, que me emocioné cantando a viva voz, hasta que caí en la cuenta de que eran las dos am y alguien estaba festejando. ¡En plena cuarentena!

Desde entonces, casi cada fin de semana se había escuchado un grupo de música, un karaoke, etcétera, reuniones de diez o más personas, como si la sana distancia de un juego se tratara. Todo eso, hasta hace una semana, donde después del aumento desmedido de contagios, ahora sí, conocemos a alguien positivo con COVID-19, o decesos por el mismo virus.

En las ocasiones que salía a surtir mi despensa, me llegué a sentir loca, o absurda por salir con cubrebocas, el cabello recogido, y hasta guantes de nitrilo, y ver que más del 50% de los que encontraba en las calles caminando, iban sin ningún resguardo, llegué a dudar de mis medidas de seguridad, llamándolas “drásticas o exigentes”.

Aun así, no puedo decir que he respetado el confinamiento al pie de la letra, pero he buscado salir sólo para lo necesario.

Todo esto me hizo ver más de cerca la vulnerabilidad con la que los seres humanos existimos. Estamos expuestos diariamente cuando asistimos al trabajo; pero, ahora; un virus nos ha venido a replantear la existencia misma, a separar o unir vínculos. La pandemia sólo nos vino a mostrar el quiebre de toda la vida, y la desigualdad que se vive en muchas áreas laborales, no importando si es sector público o privado.

Nos hemos dado cuenta que la vida tiene hilos que van uniéndose a otros seres, no importando la independencia con la que nos manejemos; el señor que pasa cada semana a venderme agua, levantar la basura, por el pago del agua, luz, teléfono; la enfermera, la química, la médico, la psicoterapeuta, a la que recurro cada vez que el cansancio físico o mental me enferma, en fin, todas esas personas de las que necesitamos día con día, y a las cuales estamos unidas por la necesidad de vivir.  

Quizá, en este descubrir de tan hiriente vulnerabilidad, no seremos más buenos, o empáticos con los otros (aunque creo deberíamos) es más, quizá, podemos llegar a ser insensibles con la muerte y dolor ajenos para sobrellevarlos, no sé, no quiero ni busco romantizar la vulnerabilidad sino reconstruir lo que nos ha presentado verla en un panorama ético, político y económico.

La muerte es algo irreversible, a donde todos vamos a llegar, pues nacimos para morir, pero buscamos disfrutar ese intermedio que hemos llamado vida para llegar al final en paz.

Hoy, nos encontramos viviendo en un punto histórico donde podemos ver que las desigualdades sociales han hecho su marca desde las trincheras más abiertas en este panorama.

Un suceso mundial, nos ha arrancado violentamente desde nuestro lugar de confort y nos ha igualado como seres mortales, ya no somos aquellos que se olvidaban de el anciano que empaqueta los víveres en las grandes tiendas; o que, por no tener hijos desconocemos el ir y venir de las mochilas en los pasillos de las escuelas, los niños de casas hogares, mujeres viviendo violencia domestica sin poder decir nada, niños viviendo con sus abusadores, etcétera, ahora pensamos en las posibilidades de una muerte temprana, o cercana.

Pero ¿es la muerte misma la que nos hará cambiar el modus operandi de nuestra ligereza de cuidado y nuestra poca o nula empatía? O, es gracias a ella qué permaneceremos eternamente en el recuerdo de algunos y buscaremos mejorar las condiciones de vida de todos como sociedad colectiva y pensante.

A las puertas de la muerte, es posible replantearse la manera de formar vínculos, de vivir, del ser y estar.

Ahora, debemos plantearnos si la desigualdad en derechos, por posiciones económicas, de sexo y género nos ha de permitir una vida coherente, libre y digna, si hemos de seguir con los brazos cruzados viendo al horizonte en lugar de buscar ayudar aquellos que lo necesiten y lo busquen.

El punto de partida para un cambio ha sido irrenunciable.  

Si, sé que quizá, pesa más mi vulnerabilidad de mujer ante tres hombres afuera de mi casa que reniegan de mi llegada al tener que mover su automóvil estacionado en mí patio, y de los cuales recibo ofensas por exigir mi espacio y tiempo. Pero eso es nada para el sinfín de cosas en las que uno puede buscar aportar para un cambio.

Como mujer y feminista, no quiero volver al mismo mundo; Silvia Gil comenta: “Las luchas feministas no han desaparecido con la pandemia, más bien han donado una manera de mirar y nombrar la realidad que evite regresar a una normalidad de por si inexistente” la normalidad a la que llamamos nuestra, debería de quedarse en el pasado, esa normalidad, hoy nos trajo miles de personas en desgracia física, económica y mental, y otras más expuestas a una muerte sin dignidad emocional.

No quiero regresar al mundo, donde se le condena al médico o enfermero por ser posible portador de un virus y bañarlo en cloro, o aquel donde sea normal enfrentarse en izquierda y derecha política, teológica, económica, para el beneficio de unos cuantos. O peor, al mundo donde el feminismo sigue siendo una marca de inmoralidad por notas amarillistas, sin saber exactamente la igualdad y beneficio que busca para todos.

Tengo mucho que decir al respecto, pero hoy, me gustaría que la lectura de esta columna pueda hacerte reflexionar en la siguiente pregunta ¿a qué mundo quieres volver?  Yo, opto por volver a un mundo mejor, comenzando por mí.

Así que no importa tu género, sexo, orientación sexual, condición política, social o económica, te invito a que cada semana, este té de mujer sea placentero para todos, y me sigas por la página de Facebook Té de Mujer https://web.facebook.com/untedemujer   por twitter y Facebook me encuentras como Genesis Amayrani, También puedes escribirme y platicarme tus inquietudes, historia, o preguntas al email tedemujer@gmail.com

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Me despido de ti, y deseo que toda la energía más bella del universo te abrace.



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